Hay días sospechosamente “light”

Hubo un momento del año en el que parecía que la Argentina caminaba al borde del abismo. Una suma de tensiones —reformas, recesión, conflictividad social, elecciones de medio término, polarización extrema— daban la sensación de que algo iba a estallar. Sin embargo, nada explotó. Nada terminó de romperse.

 La Argentina hizo lo que mejor sabe hacer en contextos límite: normalizar la excepcionalidad, convertir la polarización en un modo de vida y aceptar que el ruido permanente no necesariamente anuncia una tormenta, sino tal vez la continuidad de lo mismo.

La política argentina logró un extraño equilibrio en los extremos: los polos se radicalizaron tanto que terminaron creando un status quo nuevo, una estabilidad rara, frágil, pero estable al fin. Ese acostumbramiento al conflicto es quizás el mayor triunfo —y la mayor trampa— de esta etapa.

El gobierno de Javier Milei llegó a las elecciones de medio término golpeado: inflación que no cedía al ritmo prometido, recesión profunda, tensiones con los gobernadores, internas con su propio espacio político y un gabinete que mutaba más rápido de lo que podía consolidarse.
Pese a eso, ganó. Y no solo ganó: impuso su programa con la legitimidad del voto, que en la Argentina funciona como combustión política y como blindaje moral.

Desde entonces, la narrativa oficial se fortaleció:

  • Reforma laboral impulsada por el gobierno, empresarios y gobernadores “opositores”.

  • Reforma educativa orientada a nuevos estándares de evaluación y financiamiento.

  • Tratado de libre comercio con Estados Unidos, todavía pendiente de implementación plena pero ya instalado como señal estratégica.

  • Dólar estable por varios meses, con un crawling que sorprendió incluso a analistas que anticipaban un salto discreto.

  • MERVAL en récord histórico, acompañado por una revaluación sostenida de acciones ligadas a energía y comunicaciones.

  • YPF valorizada como no se veía desde hace más de una década.


Sin embargo, ese avance convive con un contracanto económico persistente:

  • La inflación mensual, que el Gobierno prometía llevar a 0%, cerró el último mes en 2,3%, lo que representa una desaceleración fuerte, sí, pero aún lejos del ideal libertario.

  • Los salarios siguen por detrás del nivel de precios, incluso con paritarias que se actualizan con más frecuencia que antes.

  • El consumo se derrumba y ya se ubica en los niveles más bajos en lo que va de la década.

  • La producción industrial tuvo caídas de dos dígitos interanuales, con sectores enteros trabajando “a pedido”, sin stock y con capacidad ociosa en niveles alarmantes.

Todo eso ocurre simultáneamente. Argentina vive esa contradicción como quien escucha dos radios a la vez: una anuncia crecimiento futuro, la otra transmite un presente que duele.

La otra frecuencia, la que debería funcionar como contrapunto, aparece inaudible.
El peronismo —esa maquinaria que durante años supo interpretar, disputar y acumular poder— perdió su brújula. Discutió nombres, no ideas. Discutió liderazgo, no proyecto.
Y perdió. La derrota no solo fue electoral: fue conceptual.

Desde entonces, entró en un laberinto que combina tres capas:

  1. Autocrítica selectiva, donde todos señalan errores pero casi nadie se reconoce protagonista de ellos.

  2. Internismo permanente, como si la salida estuviera en ajustar cuentas internas y no en reconstruir vínculo social.

  3. Un reflejo de oposición automática, donde decir que “no” reemplaza la tarea de construir alternativas.

El problema no es la oposición en sí —toda democracia la necesita— sino la pobreza creativa de esa oposición. Señalar que una política está mal no es una propuesta. Criticar desde un pedestal moral no es una estrategia. Repetir que el Gobierno “no entiende al pueblo” tampoco es una idea.

Mientras tanto, los dirigentes con más capital político cuidan lo propio. No arriesgan, no exploran, no abren. Los que no tienen capital se declararon renovadores profesionales, como si el voluntarismo alcanzara para llenar vacíos históricos.

La lógica es pendular: o atornillarse al pequeño poder que queda, o tirar a todos por la ventana. Y entre ambos extremos, la ausencia de horizonte.

Una sociedad que mira en cámara lenta

En medio de esa disputa, la ciudadanía vive un fenómeno extraño: la sensación de que todo cambia, pero nada cambia.
El Gobierno avanza con reformas profundas, la oposición se fragmenta, la economía se ajusta, y sin embargo el clima social se estabiliza.
No porque haya conformidad, sino porque la capacidad de sorpresa se agotó.

La polarización dejó de ser tensión para convertirse en paisaje. Lo disruptivo se volvió rutinario. Lo inesperado dejó de sacudir.

Pero ese acostumbramiento es una trampa: nos impide preguntarnos hacia dónde vamos.

Des-zoomear: mirar la película, no la foto.

Argentina discute su coyuntura como si la coyuntura fuera solo el presente. Pero la coyuntura es también pasado. Al menos los últimos veinte años:

  • El giro progresista de los 2000.

  • El reordenamiento macro de los primeros años kirchneristas.

  • La expansión del gasto como motor político.

  • La fragmentación institucional posterior.

  • El agotamiento del modelo.

  • El experimento gradualista de Cambiemos.

  • El retorno del peronismo unido.

  • El desorden pandémico.

  • El voto bronca que se volvió voto disruptivo y desembocó en Milei.

En ese recorrido hay patrones, no accidentes. Y entenderlos requiere distancia.

Como decía Raymond Aron, la política es la interpretación del presente a la luz del pasado para influir en el futuro. Argentina hace demasiado tiempo que mira el presente sin contexto y el futuro sin convicción.

Para encontrar herramientas interpretativas, a veces hay que viajar lejos.
Releyendo algunos textos de Cicerón, alrededor del 44 a.C., uno descubre una discusión sorprendentemente actual: ¿Roma debía volver a la democracia o debía continuar bajo el modelo instaurado por César?

Lo notable no es la discusión, sino la incapacidad de quienes ejecutaron al César para hacerse cargo del día después. Bruto y Cassio creían defender la República, pero no sabían qué hacer con ella. La parálisis estratégica es más peligrosa que cualquier tiranía.

Hoy, salvando todas las distancias históricas, una parte del peronismo y de la oposición actúa como si eliminar al “César libertario” resolviera todo.
Como si la renuncia de Milei, su derrota electoral futura o incluso su desgaste bastaran para restaurar un orden perdido.

Pero si Milei cayera hoy —hipótesis remota pero políticamente útil para pensar—
 ¿quién sabría qué hacer al día siguiente?
 ¿Quién tiene un programa?
 ¿Quién tiene un diagnóstico compartido?
 ¿Quién tiene una coalición preparada para gobernar?

El vacío de proyecto se parece demasiado al drama romano: la oposición está tan obsesionada con derrotar al César que olvidó definir qué hará con la República.

La pregunta entonces no es cómo se detiene a Milei, sino cómo se construye una alternativa real en un país cansado de alternancias vacías.

Y ahí es donde hace falta salir del ring de la pelea diaria y mirar hacia adelante. No desde la solemnidad, sino desde la convicción.


Releer la década perdida sin excusas

Argentina lleva diez años sin crecimiento sostenido. La productividad se estancó. La inflación acumulada es una de las más altas del planeta. La pobreza creció. Negarlo o relativizarlo no es oposición: es negacionismo estadístico.
Para proponer, primero hay que reconocer.


Construir una oposición que proponga, no solo reaccione

Una fuerza política que aspire a gobernar en 2027 necesita:

  • Un programa económico serio (competitividad, incentivos, federalismo fiscal).

  • Un modelo educativo para la próxima década, no para la próxima paritaria.

  • Un relato del futuro, no del pasado.

Sin eso, el anti-mileísmo no es un proyecto: es un refugio.


Entender que la representatividad también es riesgo

Los dirigentes con capital político deben asumir que quedarse quietos también es un costo. Quienes no arriesgan hoy, probablemente no tengan espacio mañana.
Argentina entró en una fase en la que la inercia ya no protege: empuja hacia la irrelevancia.

Construir puentes, aunque sea caro

La polarización dio réditos electorales durante años, pero agotó su ciclo.
El país necesita acuerdos básicos, incluso si eso implica pagar costos internos.
La pregunta del futuro argentino es sencilla: ¿Quién está dispuesto a pagar el precio de construir consensos reales?


Atreverse a pensar un país de largo plazo

No un país de emergencia permanente. No un país que celebra cada rebote como si fuera desarrollo. Un país que recupere:

  • inversión,

  • innovación,

  • inserción internacional inteligente,

  • y una economía donde el trabajo vuelva a ser motor de movilidad social.

Nada de eso se logra peleando por Twitter.


El día que alguien decida ir all-in

La política argentina está en un punto de inflexión.
El Gobierno avanza con convicción —para bien o para mal— y la oposición sigue mirando su reflejo roto. Mientras tanto, el país vive días sospechosamente “light”, como si nada pudiera sacudirnos del letargo.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es qué hará Milei, sino quién está dispuesto a apostar en serio por una alternancia con ideas, con coraje, con propuestas y con horizonte.

Porque construir futuro siempre tiene costo. Y la política argentina necesita, con urgencia, dirigentes que estén dispuestos a ir all-in, ya sea con su pequeña o con su enorme representación, para que este país deje de ser un péndulo entre extremos que se neutralizan y empiece a ser un proyecto que ofrezca horizonte.


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