VEDA SUBACUÁTICA

La veda siempre tiene algo de silencio impuesto y de ruido subterráneo. Híper subterráneo. Es ese momento previo en que todo parece quieto, pero no. En Argentina, esa pausa antes del voto nunca es inocente: es el respiro antes de que la política vuelva a estallar. Este domingo, el país elige legisladores nacionales, pero en el fondo lo que se vota es un rumbo. No se elige solo quién ocupa las bancas, sino qué modelo de país mantiene, recupera, o deja, de tener legitimidad.

El gobierno llega a la elección con un objetivo explícito: superar los 40 puntos. No es solo un número, es un símbolo. Si La Libertad Avanza alcanza ese umbral, Javier Milei podrá presentar los resultados como una ratificación del experimento libertario y avanzar con el proyecto que hasta ahora ejecutó a medias: la consolidación de un Estado mínimo al servicio de los mercados y la finanza global. Más que una victoria electoral, sería la validación política de un programa de exclusión estructural, privatización de bienes públicos y subordinación externa.


Pero las encuestas más recientes no lo muestran sencillo. El desgaste económico, el impacto del ajuste y la creciente distancia con los gobernadores debilitaron el empuje inicial del oficialismo. La crisis de ingresos se volvió el dato estructural del presente argentino: salarios que no alcanzan, jubilaciones que se licúan mes a mes y una tasa de endeudamiento familiar que crece de forma alarmante. Las familias sobreviven a crédito, las pymes producen con márgenes mínimos y el consumo se sostiene más por inercia que por expectativa. Ese clima social —de agotamiento, de pérdida de horizonte— es también un dato político. En esta elección se juega, en definitiva, si el país decide profundizar este modelo o frenarlo, para intentar modificar el rumbo desde el Congreso y recomponer algún grado de equilibrio entre mercado, Estado y sociedad.

Milei conserva un núcleo duro fiel, pero enfrenta el desafío de transformar ese voto de fe en una mayoría sostenible. En su entorno saben que una elección por debajo del 40%, ganando o perdiendo, no sería solo un golpe simbólico: podría abrir una nueva etapa política dentro del propio gobierno, con reclamos de moderación o, en el extremo opuesto, tentaciones de radicalización. Hablo de cambios dentro del gobierno más allá de los anunciados en la semana. 


Enfrente, Fuerza Patria, la coalición peronista, llega a la veda con una mezcla de expectativa y cautela. Hace un mes parecía encaminada a ganar, pero el crecimiento de Provincias Unidas —esa constelación de partidos y alianzas provinciales que juegan por fuera de la estructura nacional— modificó el tablero. La fragmentación territorial, lejos de ser un accidente, es parte del nuevo escenario: gobernadores con poder real que deciden competir con sello propio, administrar sus votos y mantener distancia tanto del gobierno como del peronismo.

Esa tercera vía, difusa y pragmática, puede terminar siendo una de las ganadoras del domingo. En las elecciones intermedias, los territorios pesan más que las ideologías, y los gobernadores saben moverse en ese terreno. Si Provincias Unidas obtiene una buena cosecha, se convertirá en un actor clave del Congreso y, sobre todo, en árbitro del nuevo equilibrio entre Nación y provincias.

Para el peronismo, el domingo será un punto de inflexión. Si logra retener una base de 30 puntos o más, podrá mostrarse como el único espacio con densidad nacional y capacidad de recomposición. Si cae por debajo de esa línea, se abrirá una discusión inmediata sobre liderazgos y estrategias. 


El escenario post-electoral del peronismo puede dividirse en tres caminos posibles: reorganización federal, implosión interna o continuidad defensiva. Si la primera opción se impone, el espacio puede salir fortalecido, con un armado más federal y anclado en las provincias. Si prevalece la segunda, el riesgo es la dispersión y la pérdida de identidad. Si domina la tercera, se mantendrá la supervivencia institucional, pero sin narrativa de futuro. En cualquiera de los casos, el desafío será reconstruir un proyecto que vuelva a entusiasmar, más allá de resistir.

El factor Macri, siempre latente, también atraviesa la veda. El expresidente vuelve a posicionarse como el jugador que no aparece en la boleta pero influye en el resultado. Su estrategia de tensión controlada con Milei —ni ruptura ni subordinación — le permite ocupar un lugar de poder sin exposición. Si el oficialismo no logra mayoría propia y el peronismo no consigue bloquear, el macrismo reaparecerá como mediador y condicionante, un rol que conoce bien y que disfruta ejercer.

La veda, en ese sentido, funciona como metáfora. No hay palabra pública, pero sí reacomodo silencioso. Todos saben que el domingo no se define sólo una elección, sino la posibilidad (o la imposibilidad )de gobernar la crisis.

Porque detrás de la disputa por bancas se juega algo más profundo: si el país consolida un modelo de exclusión con aval democrático o si el sistema político recupera capacidad de contención. Un Milei por encima de los 40 puntos implicaría que buena parte de la sociedad sigue apostando a la demolición del Estado. Un Milei estancado o en retroceso abriría, en cambio, una etapa de negociación obligada, donde el Congreso, los gobernadores y las fuerzas territoriales recuperen relevancia.


Lo cierto es que el humor social no es el mismo de 2023. Ya no hay euforia ni expectativa de refundación. Hay cansancio, incertidumbre, y una sensación general de que todo cuesta más: la comida, el alquiler, la paciencia. En ese clima, la política intenta encontrar un nuevo lenguaje. Ni el grito libertario ni la épica nostálgica parecen suficientes.

Por eso la elección de este domingo es menos una batalla y más una radiografía. Medirá cuánto músculo real conserva el gobierno, cuánto territorio retiene el peronismo, y cuánta autonomía logran las provincias. Medirá, también, cuánto aguante le queda a la sociedad. 

La veda, al final, es apenas una pausa. El domingo, cuando se abran las urnas, la política volverá a hablar con su idioma más brutal: el de los votos. Y desde el lunes, se pondrá en marcha otra disputa —la del poder que viene, los liderazgos que resisten, y el destino de un país que aún intenta entender en qué punto de su historia está parado.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

HARTAS #1

Rucci, leal: abrir el pasado a nuevas preguntas

EL NÚMERO DE LA LIBERTAD