El peronismo frente a la legitimación del mileísmo



Por Ariel Fernández Roldán


Hay días en los que el silencio pesa más que una derrota.
Durante semanas, la estrategia fue callar: no confrontar, no responder, no arriesgar. Esperar que el desgaste del gobierno hiciera el trabajo. Apostar al cansancio ajeno, a la erosión natural del poder. “Do nothing, win.” Pero el silencio no construye sentido, y esta vez el silencio fue ruido: el de una sociedad que ya no escucha porque nadie le habla.

El peronismo se replegó sobre sí mismo, confiando en que la memoria bastaba, que la gestión resistía, que el espanto alcanzaba. Pero el país cambió de idioma, y mientras tanto el mileísmo no dejó de hablar: con slogans, con actos, con gestos. Nombró, definió, ocupó los vacíos.

Y la política, que se pensó prudente por guardar silencio, descubrió tarde que callar también es una forma de rendirse. Hay un tiempo para resistir y un tiempo para hablar. Hoy empieza el segundo. Porque el peronismo puede perder elecciones, pero no puede perder la palabra.

Hay derrotas que no se explican solo con números, sino con lo que revelan del momento político y del ánimo social. La elección legislativa del 26 de octubre deja una certeza incómoda: el mileísmo ya no es una excepción disruptiva, es el nuevo orden político legitimado en las urnas.

La Libertad Avanza ganó por más de quince puntos a nivel nacional y, lo más llamativo, achicó en seis semanas una diferencia de catorce puntos en el distrito más populoso del país. En la provincia de Buenos Aires, donde el peronismo siempre se pensó inexpugnable, terminó apenas medio punto abajo. No fue suerte. Fue estrategia, narrativa y poder de ejecución.

El peronismo creyó que la crisis económica —la inflación, la deuda de los hogares, el malhumor social— bastaban para desgastar al gobierno. Que el voto opositor se construiría solo, por inercia, por hastío.
Pero la política no se gana describiendo la realidad, sino proponiendo una. Y mientras el oficialismo prometía velocidad, orden y ejecución (aunque sea sobre los escombros), el peronismo ofrecía advertencias, no horizontes.
El “frenar a Milei” funcionó un rato como consigna de contención, pero no como proyecto. Porque nadie deposita su esperanza en quien solo promete poner el freno. El pueblo, incluso en la adversidad, sigue queriendo avanzar.

La elección dejó además un dato institucional que sintetiza la magnitud del cambio: el peronismo perdió cuatro bancas en el Senado, a manos de La Libertad Avanza, aunque logró mantener la primera minoría en el Congreso. No es sólo una reducción numérica, sino simbólica: una señal de que los equilibrios de poder empiezan a desplazarse hacia una nueva mayoría social.

Hace más de una década que el peronismo alcanzó su techo electoral en la mayoría de las provincias. En muchos distritos donde supo ser identidad, hoy apenas sobrevive como sigla. La cultura política que garantizaba obediencia automática —entre intendentes, gobernadores y votantes— se resquebrajó. Nadie le debe obediencia a nadie. Y ese fenómeno, más que una amenaza, puede ser una oportunidad: la de refundar desde abajo una nueva mayoría que vuelva a enamorar.

Vendrán tiempos en los que la discusión ya no será de gestión, sino de modelo. Donde lo que esté en juego no sean nombres, sino ideas. Tiempos en los que los modales dejarán de ser un valor político, y donde el AMBA dejará de ordenar al interior del país.
Lo que viene no es sólo un reacomodo electoral: es un cambio de época. Y el peronismo, si quiere sobrevivir, tendrá que volver a hablar en el idioma del futuro.

La derecha ejecuta. El peronismo duda.

Los gobiernos no peronistas tienen una virtud brutal: ejecutan. Prometen motosierra y aplican motosierra. El peronismo, en cambio, se acostumbró a confundir sensibilidad con parálisis, diagnóstico con propuesta, resistencia con conducción.

Hoy la sociedad no está buscando quién se indigne por ella, sino quién le dé un camino. Aunque ese camino sea áspero o contradictorio. El voto oficialista no fue solo ideológico, fue funcional: premió la acción, castigó la duda.

En la provincia de Buenos Aires, el peronismo perdió por apenas un punto. Pero ese dato frío esconde una caída histórica: hace seis semanas había ganado por dieciséis. En poco más de un mes, el gobierno nacional logró lo que parecía imposible: desarmar el último bastión del PJ y convertirlo en terreno parejo.

El voto bonaerense, que había funcionado como escudo y símbolo, se volvió síntoma. Y el mensaje fue brutal: cuando se plebiscitó la gestión de Axel Kicillof, se ganó; cuando se plebiscitó la gestión de Milei, el mileísmo ganó.

En los distritos del conurbano profundo, la participación cayó y el voto opositor creció, incluso en barrios históricamente peronistas. La militancia territorial se volvió administración municipal. La estructura, sin mística, se transformó en aparato; y el aparato, sin mística, no mueve corazones ni piernas.

Nadie puede decirle a nadie qué votar cuando la política dejó de dar respuestas.
Los votantes ya no se sienten parte de una red de pertenencia, sino de un experimento que no los incluye. En ese sentido, el voto libertario no fue necesariamente ideológico, sino existencial: un grito de autonomía, una forma de decir “yo decido”, aunque sea en contra de mis propios intereses económicos.

El punto de inflexión que llegó

Hace apenas dos días escribía: 

“Para el peronismo, el domingo será un punto de inflexión. Si logra retener una base de 30 puntos o más, podrá mostrarse como el único espacio con densidad nacional y capacidad de recomposición. Si cae por debajo de esa línea, se abrirá una discusión inmediata sobre liderazgos y estrategias. El escenario post-electoral del peronismo puede dividirse en tres caminos posibles: reorganización federal, implosión interna o continuidad defensiva.”

No habrá reconstrucción si el peronismo sigue girando en torno a nombres, cargos o nostalgias. El ciclo que se cierra no es solo electoral, es cultural: se agotó la política del reflejo. El desafío que viene no es evitar la implosión, sino convertirla en refundación.

El 2027 no se empieza a construir en campaña: empieza mañana.
Si el peronismo quiere volver a ser mayoría, tiene que volver a ofrecer futuro. No un eslogan, un programa. No un reflejo nostálgico, una hoja de ruta.

Un plan comunicable y ejecutable, con tres capas:
Lo coyuntural: inflación, salarios, deuda, seguridad. El piso de la paz social.
Lo estructural: energía, salud, educación, ciencia. El núcleo del desarrollo.
Lo estratégico: IA, Antártida, integración regional, política exterior. La marca de futuro.

El peronismo tiene que dejar de hablarle al pasado. Ya no alcanza con decir “no somos crueles”. Tampoco con esperar que el gobierno se desgaste.
El mileísmo no se derrumba solo. Y mientras la política tradicional espera que se desfonde, el oficialismo sigue ocupando sentidos, calles y pantallas.

Lo que se legitima hoy no es solo un gobierno, es un modo de entender la política: vertical, veloz, ejecutiva. El desafío del peronismo no es volver a indignarse, es volver a enamorar.

El pueblo argentino no sueña con resistir. Sueña con ascender. Aunque ese ascenso tarde en llegar, o incluso no llegue, el pueblo argentino quiere proyeccion de futuro. Quiere que me lmuestren un horizonte.
No pide que lo cuiden de los otros: pide que lo inviten a construir algo mejor.
Y esa traducción —de la memoria al porvenir— es la frontera que separa a un peronismo testimonial de un peronismo de gobierno.



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