Manual de supervivencia oficialista (y qué debería hacer el peronismo)

 




Por Ariel Fernández Roldán

15 de septiembre de 2025. Tormenta afuera y adentro. El Gobierno llega al prime time con más viento de frente que de espalda: esta noche, a las 21:00hs, el Presidente pondrá en cadena nacional su Presupuesto 2026 para tratar de recuperar iniciativa después del traspié bonaerense. Lo hará con el gabinete sin bajas, pero con un guiño de “orden político” (restitución de Interior y nuevas mesas de articulación) que suena más a estabilizador que a corrección de rumbo. La señal es clara: no habrá moderación programática; habrá mejor ingeniería para sostener lo mismo. Y si algo aprendimos de estos meses es que, gane o pierda en octubre, La Libertad Avanza puede salir del turno electoral con un piso legislativo más alto, suficiente para mantener su método preferido: gobernar a golpe de veto. 

El oficialismo tenía dos problemas y eligió resolver uno: el organizativo. Reabrir la cartera del Interior y sentar a Lisandro Catalán como ministro reordena el timón de la rosca federal, tranquiliza a varios gobernadores que pedían un teléfono que atienda y promete un canal más previsible para negociar procedimientos. Pero no toca la arquitectura del ajuste: el ancla sigue siendo el equilibrio fiscal y la “disciplina” como identidad. Es un sinceramiento: más rosca para sostener el mismo programa, no para cambiarlo. Como movimiento táctico es correcto; como solución estratégica, insuficiente si no mejora expectativas. En términos sencillos, el Gobierno intenta administrar el conflicto, no resolverlo.

El otro problema —más existencial— es que la sociedad, en un punto, le soltó la mano. En política eso se mide por dos vías: encuestas y calle. Lo primero ya venía flojo; lo segundo tomó cuerpo con la agenda universitaria y sanitaria. Tras vetar la ley de financiamiento universitario y la emergencia pediátrica (que incluía al Garrahan), el Gobierno consiguió un shock de coherencia fiscal, sí, pero a cambio activó un frente de legitimidad que no paga en el corto plazo: este miércoles habrá Tercera Marcha Federal Universitaria, con fuerte transversalidad y anclaje en salud. Es una coalición social que el oficialismo, por diseño, no está en condiciones de cooptar; sólo puede intentar deslegitimarla. Y ese juego, en período electoral, es cuesta arriba. 

Conviene mirar la secuencia de vetos como política de comunicación. No son meros actos administrativos: son un statement. Vetó universidades; vetó la emergencia pediátrica; vetó una ley que acotaba la discrecionalidad de los ATN a provincias. En Diputados, el veto a la fórmula de aumentos jubilatorios fue ratificado y quedó firme: la mayoría opositora no llegó a los dos tercios. Pero también hubo un límite: el rechazo parlamentario del veto a la ley de emergencia en discapacidad —que ya quedó vigente— mostró que el maximalismo fiscal tiene umbrales sociales y políticos que lo vuelven antieconómico, porque el costo reputacional supera el ahorro. Esa es una novedad: por primera vez en años, el Congreso convirtió un veto en derrota del Ejecutivo. Si el Gobierno lee bien, debería extraer una lección: no todas las banderas del ajuste son izables al mismo tiempo. 


A esto se le suma un frente que el oficialismo no controla: la justicia, acá y afuera. El “caso $LIBRA” en Estados Unidos opera como ácido lento sobre la ventaja moral del Gobierno. Un tribunal del Distrito Sur de Nueva York ordenó congelar fondos vinculados a la cripto promocionada por el Presidente; la narrativa de “promoción engañosa” ingresó a un expediente con firmas y fechas, y aunque hubo movimientos procesales (como un levantamiento parcial de una cautelar sobre parte de los activos imputados a promotores), el daño reputacional ya está hecho. Cada nota, cada presentación, recuerda algo políticamente simple: el Gobierno que vino a exterminar la viveza criolla quedó asociado a una memecoin que voló y se estrelló en horas, con miles de ahorristas en el medio. Con o sin condena, eso instala sospecha y erosiona autoridad. 

El otro frente son los audios de ANDIS y la declaración de Fernando Cerimedo, fundador de La Derecha Diario y operador de la primera hora, que fue como testigo y dijo que Diego Spagnuolo —ex titular de la agencia— le habló de “hechos de corrupción” y coimas. La causa está bajo secreto de sumario, la fiscalía aclara que los audios no son prueba en sí mismos pero sí indicios, y ya hubo allanamientos y hallazgos de fondos no declarados. Si uno limpia la espuma, lo que queda es que el corazón del dispositivo político quedó salpicado en un expediente con nombres propios y que el Gobierno no maneja ni el tiempo judicial ni el ritmo mediático de la filtración. Eso se llama estar a la defensiva. 


En este marco, la cadena nacional de hoy luce como un intento de reconquistar agenda a partir del número: déficit cero, supuestos macro, cronograma de tarifas, caja para provincias. Si el mensaje es puro torque ideológico, el mercado lo va a leer como riesgo y seguirá testeando la elasticidad del plan; si incluye válvulas (algún puente para universidades y hospitales, alguna zanahoria para gobernadores), puede ganar un poco de tiempo. La pregunta de fondo no es contable; es política: ¿hay un contrato social mínimo para bancar otro año de ajuste lineal? Con una confianza en el Gobierno que viene de caída, cada “no hay plata” genera menos adhesión y más fatiga: la épica aguanta semanas; la heladera, se abre todos los días.

Del otro lado de la mesa, el peronismo hizo algo que se le venía pidiendo desde hace un lustro: se unificó en la competencia y ordenó su oferta. Ganó la parada bonaerense, capitalizó el humor social en desgaste y recuperó representación que había perdido en 2021 y 2023. Pero todavía no tiene la llave del día después. Unidad sin programa es foto; programa sin unidad es “paper”. Hace falta que la foto sostenga un Excel: cinco medidas ancla, costeadas, medibles cada 90 días, que den carne a una narrativa simple y le hablen al votante que no milita, no odia y sólo quiere que la cosa funcione. Ahí está la oportunidad: en convertir el malestar difuso en propuesta concreta. La calle del miércoles no es un fin en sí mismo; es un activo para exigirle al Congreso una arquitectura distinta a la del veto. 

¿Cuál es el pronóstico razonable de acá a octubre? Tres vectores.

Primero, la aritmética parlamentaria: LLA parte de tan abajo que, aun con una elección mediocre, puede sumar bancas en Diputados y en un tercio del Senado. No arma mayorías, pero sube su umbral de bloqueo. Resultado: continuidad del método veto y un Congreso más friccionado. 

Segundo, el frente judicial-mediático: si el $LIBRA neoyorquino y los audios de ANDIS siguen produciendo novedades, la narrativa anticasta pierde su capa de teflón.

Tercero, la calle: universidades y salud ordenan un campo amplio y transversal, difícil de desactivar con discurso. Es una pinza incómoda para un oficialismo con vocación de choque y una oposición que huele sangre pero todavía no muestra un plan de gobierno que entusiasme más allá del rechazo.

El consejo impopular —pero profesional— para el peronismo es obvio: no alcanza con esperar que el otro se equivoque. Hay que “apretar” con contenido. Paquetes de ley cortos, fiscalmente explicados, con mecanismos de ejecución y control civil: (i) puente jubilatorio con cláusula antiinflación y bono focalizado financiado con poda de exenciones regresivas; (ii) Fondo de Emergencia 2025–2026 para universidades y hospitales universitarios, con auditoría independiente y tablero público mensual; (iii) crédito productivo con garantía estatal + “compra pública federal” para PyMEs, atado a empleo formal; (iv) seguridad humana (iluminación, urbanismo táctico, prevención y fuerzas con métricas y control civil) barrio por barrio; (v) ética pública y digital: una Ley Anti-Criptoestafas que regule la promoción de inversiones por parte de funcionarios y exigencias de trazabilidad en compras sensibles, incorporando lo aprendido del caso ANDIS. Esto, presentado como “contrato de 90 días”, organiza el triángulo Congreso–calle–gobernadores y baja a tierra la consigna. El clivaje no es “libertad vs. populismo”; es “orden productivo con derechos vs. ajuste perpetuo sin horizonte”. 


Para el oficialismo, el consejo técnico es menos glamoroso pero igual de urgente: si el plan fiscal es innegociable, entonces negocien el resto. Nadie pide que renuncien al déficit cero; se pide que administren políticamente la transición. Con los ATN, el veto fue un tiro en el pie: quitar discrecionalidad al reparto no era gasto, era institucionalidad; ahora los gobernadores tienen un incentivo más para construir una mayoría anti-Casa Rosada en cada sesión picante. Con el Garrahan, una salida técnica que preserve salario y guardias mínimas habría neutralizado el choque simbólico de “vetar a los pibes”. Y con las universidades, una cláusula de ejecución semestral, atada a auditorías, desarma el frame de “festival de ñoquis” sin resignar relato de eficiencia. Gobernar también es elegir qué batallas dar y en qué momento. 

En el filo de la cadena, todo se resume a una ecuación de credibilidad. El Gobierno apuesta a que disciplina y relato de coherencia le compren tiempo; la oposición, a que la erosión cotidiana convierta el enojo en voto. Mi lectura —y mi apuesta— es otra: la clave no es el enojo sino la oferta. Si el peronismo agrega programa y método a la unidad, puede transformar desafección en mayoría social. Si el oficialismo no introduce válvulas que amortigüen el ajuste donde más duele (aula y consultorio), se condena a administrar una minoría intensa con costos crecientes. Y en ese juego, los vetos rinden hasta que un día dejan de rendir: el primer revés serio ya ocurrió con discapacidad, y no por casualidad. La política, cuando funciona, encuentra esos límites antes de chocarlos.

¿Va a cambiar algo hoy a las 21? Cambiar, lo que se dice cambiar, no. Pero sí puede definirse la textura de los próximos cuarenta días. Si el mensaje trae supuestos macro creíbles, una hoja de ruta tarifaria explícita y algún puente para educación y salud, el mercado bajará un cambio y el Gobierno ganará oxígeno táctico. Si es más de lo mismo, el dólar volverá a mirar el techo, la calle crecerá en densidad y el Congreso se convertirá en un ring, no en una mesa. Ganen quien ganen algunos distritos en octubre, el oficialismo saldrá con más fichas para bloquear y con menos para construir. Y ahí, otra vez, la pelota estará en la oposición: programa o queja. No hay tercera vía.

En resumen, el oficialismo eligió la fricción como identidad y el veto como método. Octubre probablemente le regale un poco más de poder negativo. La sociedad, entretanto, dejó de darle el beneficio de la duda. La oposición se ordenó, pero necesita un plan que valga más que el enojo. Si lo tiene, lo muestra y lo mide, puede convertir la tormenta en cambio de viento. Si no, apenas será un paraguas con logo.




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