PAN, PAZ Y TRABAJO
Por: Ariel Fernández Roldán
LOS TRABAJADORES, UN PASO AL FRENTE
¿Para qué trabajamos, realmente? ¿Para sobrevivir, para pagar cuentas, para no quedarnos afuera? ¿O para algo más?
A veces, entre la rutina y el cansancio, parece que el trabajo es apenas eso: un mecanismo, una obligación. Pero, cuando frenamos un segundo, nos damos cuenta de que el trabajo —el buen trabajo— es lo que sostiene los sueños. ¿Qué padre o madre no piensa en el futuro de sus hijos mientras labura? ¿Quién no quiere llegar a casa sabiendo que su esfuerzo sirve para algo más que llenar planillas o cumplir horarios?
El trabajo dignifica, sí. Pero no cualquier trabajo. El que dignifica es el que nos deja proyectar, el que nos deja respirar y mirar el futuro con ganas. El que, aunque sea entre incertidumbres o changas, te permite mirar a los ojos a quien amás y decir: “Hoy, gracias a esto, estamos un poco mejor”.
¿Y qué hacemos cuando el trabajo no alcanza, cuando la esperanza parece lejana? ¿Qué pasa cuando la rueda gira para unos pocos y a la mayoría le toca el desgaste, la precarización, el sálvese quien pueda? ¿Es digno un trabajo que sólo sirve para sobrevivir, que te explota, que te descarta? No. No puede serlo. La dignidad está en otra parte: en poder decir “esto que hago importa”.
Hoy, 7 de agosto, día de San Cayetano, muchos vamos a agradecer tener trabajo. Pero también vamos a pedir: que el trabajo no sea castigo, que no nos vuelva invisibles, que sea una herramienta real para vivir con alegría, para sostener a quienes amamos y para darnos un horizonte.
Todos somos trabajadores, más allá de cómo nos anoten o si tenemos recibo de sueldo. Nadie tiene el monopolio de la dignidad. Hay laburantes en todos lados: en los oficios, en la calle, en los comercios, en las casas, en la informalidad, en la creatividad.
No necesitamos que nadie nos dé fe: la fe la llevamos adentro. Lo que necesitamos es conducción para transformar esa fe en derechos, en organización, en proyecto colectivo. Porque con fe sola no alcanza. La política, el sindicalismo, los movimientos sociales tienen que estar a la altura de esa esperanza.
Al final, ¿quién representa a los trabajadores? La respuesta está ahí, en cada taller, en cada fábrica, en cada casa, en cada pyme que sigue apostando, en cada persona que pone el cuerpo todos los días. No es una minoría la que sostiene el país: es la inmensa mayoría.
Trabajamos para vivir, para crear, para dejar algo mejor.
El trabajo es futuro, es dignidad, es la base de todo. Pero sólo si está al servicio de la vida, del futuro y la prosperidad.
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