EL NÚMERO DE LA LIBERTAD
El 17 de agosto y el 17 de octubre como símbolos de un mismo mandato histórico: ponerse de pie y defender la patria con coraje.
Hay fechas que no se olvidan. Hay números que parecen quedar tatuados en la piel de los pueblos. El 17 es uno de ellos. El 17 de agosto la patria despide a su libertador. El 17 de octubre la patria reconoce a su conductor. Distintos siglos, distintas luchas, distinta geografía. Pero la misma raíz: la libertad de un pueblo que nunca quiso vivir de rodillas.
San Martín se hizo hombre con su sable golpeando monturas, con esa fortaleza que nace cuando la palabra patria todavía es un sueño. Perón se hizo conductor en el grito ensordecedor de una multitud, con esa fuerza que brota cuando la patria se vuelve carne y pueblo. Uno eligió cruzar los Andes, el otro eligió confiar en que su pueblo cruzaría puentes y avenidas para rescatarlo. Y ambos entendieron que lo importante no era su nombre, ni su poder, ni su gloria personal, sino la posibilidad de construir una nación libre, justa y soberana.
No se trata de forzar espejismos ni de inventar paralelismos. Se trata de comprender que en la historia argentina hay una obstinación que se repite: la de hombres y mujeres que se atreven a soñar lo imposible y a enfrentarse a los poderosos de turno. San Martín se pudo haber quedado cómodo en Europa. Perón pudo haberse replegado en su carrera militar. Los dos eligieron otra cosa: eligieron el camino que incomoda, que molesta, que enfrenta a los intereses de las minorías y pone en primer plano la dignidad de los humildes.
Hay detalles que pintan esa grandeza sin necesidad de monumentos. El San Martín que respetaba a los pueblos originarios y que se negó a bajar del barco cuando la traición se impuso con el fusilamiento de Dorrego. El Perón que fue capaz de renunciar a la comodidad de ser “el hombre fuerte del momento” para confiar en la voluntad de millones que colmaron la Plaza. Ambos sabían que el poder no vale nada si no está al servicio de la comunidad.
Quizás por eso el número 17 carga con ese eco de insurrección y esperanza. El 17 es el recordatorio de que la historia no avanza con resignación, sino con coraje. Es la voz que nos dice que no hay pueblo condenado si decide ponerse de pie. Aprender de San Martín y Perón, no como estatuas frías en bronce ni como consignas vacías en un manual, sino como ejemplos vivos de que la Argentina siempre tuvo hijos capaces de arriesgarlo todo por un sueño común.
Hoy, pensemos en esos argentinos anónimos que resisten la tentación de la corrupción, que anteponen el bien colectivo por sobre el beneficio personal, aquellos que defienden la dignidad de su barrio, de su trabajo, de su gente. Están ahí, entre nosotros, sin bustos ni marchas, pero con la misma fibra de la que estaban hechos San Martín y Perón.
Son las maestras que sostienen una escuela en condiciones adversas, los trabajadores que organizan una olla popular sin pedir nada a cambio, los científicos que siguen investigando porque saben que el conocimiento también es soberanía. Son los jóvenes que se plantan contra la resignación, los que creen que la política todavía puede ser una herramienta de transformación y no un negocio para pocos. En cada gesto de dignidad, en cada acto de rebeldía frente a la injusticia, late el mismo pulso de libertad que unió a San Martín y a Perón: la certeza de que la patria es grande cuando la construyen sus hijos, con entrega y con coraje.
Porque la patria no se agota en un calendario. La patria es esa obstinación diaria de quienes creen que el futuro puede ser distinto, que todavía vale la pena soñar en grande. El 17 nos recuerda que no hay cadenas que puedan con un pueblo decidido. Y si alguna enseñanza podemos tomar de esos dos hombres que supieron unir destino con libertad, es que la grandeza no es un privilegio de unos pocos, sino una tarea abierta para todos.
Y entonces vuelve a resonar, desde la pluma ardiente de José Martí, el retrato de aquel hombre que parecía de acero, que miraba como un águila, que no buscó honores ni discursos, sino que vino a cumplir con su deber:
“San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía… En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber? Llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera.”
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