Entre la fragmentación ideológica y la oportunidad histórica
Por Ariel Fernández Roldán
La 66ª Cumbre del Mercosur, celebrada en Buenos Aires, puso en escena lo mejor y lo peor de la política regional sudamericana: acuerdos largamente negociados, gestos diplomáticos contenidos, liderazgos que se disputan en silencio y una grieta que no es nueva, pero que amenaza con volverse estructural. Durante dos días, los jefes de Estado de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay —junto a representantes de países asociados— discutieron la agenda de la integración, firmaron un tratado con la EFTA y, sin decirlo, expusieron una batalla más profunda: qué tipo de bloque debe ser Sudamérica y quién debe conducirlo.
Lo que quedó en evidencia es que no hay consenso sobre las reglas del juego. Mientras algunos apuestan a una región unida y estratégica, otros parecen decididos a vaciar de contenido esa misma palabra, “bloque”, transformándola en un espacio de oportunidades bilaterales más que en un proyecto político común.
El epicentro de esa tensión fue, sin dudas, el presidente argentino Javier Milei, que aprovechó su rol de anfitrión para convertir el foro regional en una plataforma de confrontación ideológica. En su discurso de apertura, Milei hizo exactamente lo contrario de lo que se espera de un jefe de Estado en un espacio multilateral: en vez de tejer acuerdos, lanzó advertencias. En lugar de consensuar, amenazó con romper. “Emprenderemos el camino de la libertad, y lo haremos acompañados o solos”, dijo, en una frase que resume su lógica de aislamiento voluntario. “El Mercosur, sentenció, de mercado y de común le queda cada vez menos”.
Milei no vino a la cumbre a buscar una agenda común. Vino a marcar distancia. Acusó al bloque de levantar una “cortina de hierro” comercial y propuso un esquema en el que cada país negocie por su cuenta. En su mundo, la integración regional es un obstáculo, no una herramienta. Su discurso fue, en los hechos, una amenaza velada de ruptura si los demás países no adoptan las reformas liberales que su gobierno promueve internamente.
El problema no es que Milei tenga una visión distinta. El problema es que, desde la presidencia pro tempore, usó el Mercosur para declarar que no cree en él. Y eso no es ideología: es sabotaje institucional. Porque la integración regional puede admitir diferentes velocidades, múltiples agendas y hasta contradicciones. Lo que no admite es que uno de sus miembros clave plantee su desintegración como un programa político.
Del otro lado, el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, que asumió la presidencia rotativa del bloque, jugó un partido distinto: el de la diplomacia multilateral. Defendió el Arancel Externo Común, reivindicó la historia del bloque y recordó que el mundo observa con atención lo que América del Sur es capaz de construir. “Vamos a proteger nuestro espacio de autonomía en un contexto global cada vez más polarizado”, dijo, con tono calmo pero firme.
Lula no cayó en la provocación, pero tampoco hay que idealizar su postura. Brasil también negocia por fuera del bloque cuando le conviene. También impone ritmos, bloquea avances o protege intereses internos cuando lo considera necesario. No hay aquí un “bueno” y un “malo”, sino dos formas de liderar que responden a modelos distintos. Y esa tensión, lejos de ser un problema, puede ser saludable si se canaliza en una disputa constructiva.
Porque lo que Sudamérica necesita no es unanimidad, sino horizonte común. No necesita disciplinamiento ideológico, sino autonomía estratégica. La región tiene todo el potencial para ser un bloque relevante en el mundo: recursos naturales clave, población joven, capacidad industrial, peso diplomático. Pero esa potencia se convierte en frustración si los liderazgos se cancelan entre sí en nombre de las diferencias.
La intervención del presidente de Paraguay, Santiago Peña, puso el dedo en la llaga: “No estoy satisfecho con los avances alcanzados. Quisiera que podamos avanzar muchísimo más”. Apoyó a Lula en la ratificación del acuerdo con la Unión Europea, pero advirtió que lo importante no es el anuncio, sino la concreción. Y fue más allá: llamó a los países a dejar de mirar los conflictos globales como excusas y a enfocarse en los problemas reales de la región —como el narcotráfico y el crimen organizado—, que solo pueden enfrentarse con mayor integración, no con menos.
En la misma línea, Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, celebró el tratado con la EFTA y pidió reactivar las negociaciones con Canadá, Corea del Sur y Emiratos Árabes Unidos. Su mensaje fue claro: Uruguay necesita abrirse al mundo, pero eso no implica alejarse del Mercosur. En este sentido dijo, “Muy por el contrario”. Orsi planteó una visión de integración que no renuncia a la soberanía ni a la autonomía nacional, pero que no las opone a la construcción colectiva.
Esa es, quizás, la clave de lo que estuvo en juego en esta cumbre: la integración como disputa, no como imposición. Sudamérica no necesita un liderazgo unívoco, sino una mesa donde las diferencias puedan convivir sin fragmentarse. Donde Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay puedan competir por el liderazgo sin destruir el espacio que los contiene.
Porque el verdadero problema no es que Milei quiera otra política comercial. El problema es que no cree en la política regional. No cree en lo común. Y si se rompe ese lazo, si se pierde el lenguaje compartido, lo que queda es el sálvese quien pueda. Y en un mundo que se reconfigura entre bloques, zonas de influencia y guerras tecnológicas, el sálvese quien pueda es una receta para la irrelevancia.
No a la subordinación a Estados Unidos. No a la subordinación a China. La región no necesita convertirse en la retaguardia de ninguna potencia, ni en el patio trasero de ningún imperio. Sudamérica tiene la oportunidad de ser protagonista si se piensa a sí misma como bloque. Si no lo hace, otros lo harán por ella.
La 66ª Cumbre del Mercosur fue eso: un espejo. Un espejo incómodo donde se reflejan tanto nuestras posibilidades como nuestras miserias. El bloque no está muerto. Pero tampoco está a salvo. Si Milei quiere irse, el Mercosur debe poder seguir sin él. Y si Lula quiere liderar, debe hacerlo sin imponer. Porque la integración no es un acto de fe, es un ejercicio de poder. Y solo se sostiene si hay una visión común que se construye todos los días, incluso —y sobre todo— entre quienes no piensan igual.
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