Día 1: Mercosur en Buenos Aires: acuerdos, silencios incómodos y una pulseada por el poder regional
Por Ariel Fernández Roldán
La 66ª Cumbre de Presidentes del Mercosur arrancó en Buenos Aires con sonrisas diplomáticas, acuerdos que llegan tarde y una tensión que ni la moqueta roja del Palacio San Martín puede disimular. Con Javier Milei como anfitrión y Luiz Inácio Lula da Silva a horas de desembarcar, la cumbre promete ser más que un acto formal: es una pulseada cruda por el rumbo de América del Sur.
Luis Caputo y Fernando Haddad protagonizaron el primer intento de “descongelamiento” entre Argentina y Brasil. Pero una foto no alcanza para borrar los meses de desdén, tuits cruzados y agendas irreconciliables. El gesto fue calificado como “positivo”, aunque nadie en serio espera que el acercamiento sea más que eso: un gesto.
El anuncio del tratado de libre comercio con el EFTA —un bloque poco conocido fuera de los círculos económicos— fue presentado como una gran victoria. Pero, en rigor, se trata de un premio consuelo frente al estancamiento del acuerdo con la Unión Europea. Casi diez años de negociaciones para acceder al mercado de Noruega y Liechtenstein, mientras el verdadero gigante europeo sigue atascado por el lobby de los agricultores franceses.
¿Es esto una muestra de dinamismo o un intento desesperado por mostrar que el Mercosur aún respira?
En simultáneo, Argentina empuja una ampliación de la Lista Nacional de Excepciones al Arancel Externo Común. El nombre técnico no debería ocultar su esencia: una grieta en la muralla común del Mercosur, que cada país intenta agrandar con su propio martillo.
Mientras Caputo hablaba de “orden fiscal” y de la necesidad de abrir mercados, la cumbre operaba como caja de resonancia de otro conflicto: el que opone dos modelos de integración. Uno basado en la libertad de mercado sin anestesia, el otro en la cooperación política con aroma a Foro de São Paulo.
Lula quiere agenda verde y multilateralismo estratégico. Milei quiere tratados bilaterales, menos “tonterías ambientales” y selfies con Elon Musk. Lo que está en juego no es solo el Mercosur, sino qué narrativa domina en América del Sur: la de la disgregación o la de la convergencia.
Y mientras eso ocurre en las salas de reunión, la política argentina irrumpe como telón de fondo incómodo. Cristina Kirchner, en prisión domiciliaria, se convirtió sin querer en otra figura de la cumbre. Si Lula decide visitarla —aunque sea cinco minutos—, la imagen será más potente que cualquier comunicado oficial. Una ex presidenta condenada, un presidente brasileño desafiando los códigos de la diplomacia y un Milei que no podrá evitar reaccionar.
La cumbre aún no terminó, pero ya dejó una certeza: el Mercosur no es un bloque, es un campo de batalla. Y los acuerdos, más que consensos, son treguas.
¿Firmarán el acuerdo con la UE en 2025? Tal vez. Pero lo esencial no está en el tratado, sino en lo que lo rodea: ¿quién lidera la región?, ¿quién pone las reglas?, ¿y qué queda de ese viejo sueño sudamericano de unidad cuando cada país negocia por su cuenta?
Este jueves, cuando Lula y Milei se vean cara a cara, las cámaras buscarán sonrisas, pero lo que verdaderamente interesa será el gesto que no se dé, la frase que no se diga, el saludo que se niegue. Porque en la diplomacia del Mercosur, a veces el silencio dice más que los tratados.
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