Silencio, gestos y subordinación
Silencio, gestos y subordinación: Milei y una política exterior sin nación ni estrategia
Por Ariel Fernández Roldán – Comisión revisora de política exterior del Centro de
Estudiantes de la Escuela de Política y Gobierno (UNSAM)
Javier Milei gobierna con una política exterior sin anclaje institucional, sin proyecto de país y
sin interés nacional. Lo que parecía una estrategia de realineamiento ideológico hacia las
grandes potencias del capitalismo occidental terminó revelándose como una sumatoria de
gestos personales y sobreactuaciones discursivas. En ese marco, la ruptura entre Donald
Trump y Elon Musk —dos de los pilares simbólicos del mileísmo — no es un detalle
menor: es una fisura en la constelación de poder e ideas en la que el presidente
argentino quiso inscribirse sin matices, sin prudencia y sin debate.
La pelea pública entre Trump y Musk, con acusaciones mutuas que incluyeron desde
filtraciones hasta señalamientos por pedofilia, descompone un ecosistema que durante años
combinó dinero, redes, tecnología y discursos radicalizados en nombre de una supuesta
“libertad”
. Ese frente —que unía Silicon Valley con el Partido Republicano versión MAGA—
empieza a resquebrajarse. Y mientras el magnate sudafricano intenta recomponer puentes
con el exmandatario norteamericano, el gobierno argentino elige callar. Ni el presidente
Milei ni su canciller Werthein emitieron palabra. Apenas una frase anónima surgida de su
comitiva buscó despegarlo del escándalo: “El Presidente es team Argentina”
. Una salida
que no hace más que confirmar la falta de brújula.
Porque en este gobierno, el silencio no es estrategia diplomática: es vacío político. No
se trata de prudencia sino de orfandad. Milei convirtió su política exterior en una suerte de
militancia internacional sin estructura, sin doctrina, sin institucionalidad. Una “misión
ideológica” sostenida en selfies y abrazos con figuras internacionales que alimentan su
relato interno. Pero cuando esos referentes entran en crisis —como ahora Trump y Musk—
el desconcierto se vuelve crisis doméstica. Y entonces se hace evidente que no había
política de Estado, sino una puesta en escena permanente, sin respaldo ni continuidad.
Este desorden quedó aún más expuesto durante la reciente gira europea, que Milei
transformó en una caravana de imágenes, premios poco destacados y declaraciones
vacías. Visitó Italia, España, Francia e Israel.
En Roma, celebró la firma de un acuerdo para exportar gas natural licuado a partir de 2027,
en un contexto donde millones de argentinos enfrentan un invierno con tarifas
impagables y pymes paralizadas por el costo energético. En lugar de proteger los recursos
estratégicos del país, Milei los ofrece como trofeos ideológicos para sostener su relato
internacional. No hay política soberana, solo lógica de subordinación, extrema aquiescencia
y marketing de poca monta.
En su paso por Madrid, recibió el premio “Escuela de Salamanca” y participó del foro
económico promovido por Vox. Reforzó su fe en el libre mercado, en pleno corazón de la
derecha española, pero no consiguió ni una sola inversión concreta, ni un anuncio
productivo, ni un paso firme hacia la integración con la Unión Europea. Solo aplausosideológicos, útiles para su audiencia local pero irrelevantes para la inserción internacional
del país.
En París, el contraste fue evidente. Emmanuel Macron, que siempre fue un obstáculo clave
en la negociación del acuerdo Mercosur–UE, reconoció la posibilidad de avanzar, pero
con condiciones claras: respeto ambiental, sanitario y, sobre todo, productivo. Macron dejó
entrever que Milei tampoco está conforme con el texto actual, pero Macron dejó en claro
que no habrá acuerdo sin una propuesta de reindustrialización argentina. Una palabra
que suena a ironía en boca de Milei, quien desmantela el Estado, liberaliza irrestrictamente
la economía y apuesta por la primarización. Es decir: no hay política industrial, no hay plan
de desarrollo, no hay interés en condiciones soberanas.
Al mismo tiempo, desde París, Lula da Silva desplegaba su propia agenda regional,
reafirmando su intención de cerrar un acuerdo con Europa antes de dejar la presidencia pro
tempore del Mercosur. Habló de multilateralismo, fortalecimiento regional y necesidad de
equilibrios que beneficien a todos. Milei, en cambio, elige operar en soledad, sin
coordinación con sus socios estratégicos, empujando acuerdos bilaterales que refuerzan su
figura sin generar beneficios reales para la Argentina. La competencia con Brasil
—económica, política y simbólica— fue palpable durante toda la gira. Y mientras Lula
negocia con una aparente conciencia de bloque, Milei se exhibe como individuo.
El cierre del viaje fue en Israel, donde el presidente volvió a alinearse incondicionalmente
con Benjamin Netanyahu. Reiteró su apoyo político y reforzó su lugar dentro del “eje moral
del mundo libre”
, como lo denomina. Pero más allá del discurso y la simbología, no hubo
resultados concretos: ni inversiones, ni cooperación tecnológica, ni proyectos estratégicos
que beneficien al país. Solo un refuerzo del relato fundacional del mileísmo, que se sostiene
cada vez más por fuera de la realidad material de la Argentina.
Todo esto ocurre en un contexto económico y social alarmante: recesión profunda, caída del
consumo, pérdida de empleo y un gobierno que acaba de solicitar al FMI otros 2.000
millones de dólares para sostener su esquema de ajuste. El dato de inflación de mayo
(1,5%) es presentado como un logro, pero responde más al parate total de la economía que
a una estrategia virtuosa. En ese marco, la política exterior no acompaña ninguna
reconstrucción nacional: es puro espectáculo.
Lo que está en crisis no es solo la política exterior de Milei, sino su concepción misma del
lugar de la Argentina en el mundo. Una política exterior sin bloque, sin voz y sin rumbo no
solo nos debilita en un escenario internacional cada vez más volátil, sino que pone en juego
nuestra soberanía económica, energética y productiva. Si la única brújula es la ideología
personal del presidente, entonces cualquier conflicto ajeno —como el de Musk y Trump—
puede dejar a la Argentina a la deriva.
La multipolaridad no es solo un diagnóstico: es una oportunidad. Pero no hay forma de
aprovecharla si se desprecian los vínculos regionales, si se destruye el aparato diplomático
y si se improvisa sobre la marcha. Una política exterior basada en afectos personales y
creencias dogmáticas no es una política: es un delirio.
Por eso, desde la Comisión Revisora de Política Exterior del CEPyG, insistimos: Argentina
necesita recuperar el pensamiento estratégico, la diplomacia de carrera, el debate serio, y laarticulación colectiva. Porque en el mundo que viene, el interés nacional va por delante e
improvisar no es una opción. Y subordinarse, tampoco.
Por Ariel Fernández Roldán – Comisión revisora de política exterior del Centro de
Estudiantes de la Escuela de Política y Gobierno (UNSAM)
Javier Milei gobierna con una política exterior sin anclaje institucional, sin proyecto de país y
sin interés nacional. Lo que parecía una estrategia de realineamiento ideológico hacia las
grandes potencias del capitalismo occidental terminó revelándose como una sumatoria de
gestos personales y sobreactuaciones discursivas. En ese marco, la ruptura entre Donald
Trump y Elon Musk —dos de los pilares simbólicos del mileísmo — no es un detalle
menor: es una fisura en la constelación de poder e ideas en la que el presidente
argentino quiso inscribirse sin matices, sin prudencia y sin debate.
La pelea pública entre Trump y Musk, con acusaciones mutuas que incluyeron desde
filtraciones hasta señalamientos por pedofilia, descompone un ecosistema que durante años
combinó dinero, redes, tecnología y discursos radicalizados en nombre de una supuesta
“libertad”
. Ese frente —que unía Silicon Valley con el Partido Republicano versión MAGA—
empieza a resquebrajarse. Y mientras el magnate sudafricano intenta recomponer puentes
con el exmandatario norteamericano, el gobierno argentino elige callar. Ni el presidente
Milei ni su canciller Werthein emitieron palabra. Apenas una frase anónima surgida de su
comitiva buscó despegarlo del escándalo: “El Presidente es team Argentina”
. Una salida
que no hace más que confirmar la falta de brújula.
Porque en este gobierno, el silencio no es estrategia diplomática: es vacío político. No
se trata de prudencia sino de orfandad. Milei convirtió su política exterior en una suerte de
militancia internacional sin estructura, sin doctrina, sin institucionalidad. Una “misión
ideológica” sostenida en selfies y abrazos con figuras internacionales que alimentan su
relato interno. Pero cuando esos referentes entran en crisis —como ahora Trump y Musk—
el desconcierto se vuelve crisis doméstica. Y entonces se hace evidente que no había
política de Estado, sino una puesta en escena permanente, sin respaldo ni continuidad.
Este desorden quedó aún más expuesto durante la reciente gira europea, que Milei
transformó en una caravana de imágenes, premios poco destacados y declaraciones
vacías. Visitó Italia, España, Francia e Israel.
En Roma, celebró la firma de un acuerdo para exportar gas natural licuado a partir de 2027,
en un contexto donde millones de argentinos enfrentan un invierno con tarifas
impagables y pymes paralizadas por el costo energético. En lugar de proteger los recursos
estratégicos del país, Milei los ofrece como trofeos ideológicos para sostener su relato
internacional. No hay política soberana, solo lógica de subordinación, extrema aquiescencia
y marketing de poca monta.
En su paso por Madrid, recibió el premio “Escuela de Salamanca” y participó del foro
económico promovido por Vox. Reforzó su fe en el libre mercado, en pleno corazón de la
derecha española, pero no consiguió ni una sola inversión concreta, ni un anuncio
productivo, ni un paso firme hacia la integración con la Unión Europea. Solo aplausosideológicos, útiles para su audiencia local pero irrelevantes para la inserción internacional
del país.
En París, el contraste fue evidente. Emmanuel Macron, que siempre fue un obstáculo clave
en la negociación del acuerdo Mercosur–UE, reconoció la posibilidad de avanzar, pero
con condiciones claras: respeto ambiental, sanitario y, sobre todo, productivo. Macron dejó
entrever que Milei tampoco está conforme con el texto actual, pero Macron dejó en claro
que no habrá acuerdo sin una propuesta de reindustrialización argentina. Una palabra
que suena a ironía en boca de Milei, quien desmantela el Estado, liberaliza irrestrictamente
la economía y apuesta por la primarización. Es decir: no hay política industrial, no hay plan
de desarrollo, no hay interés en condiciones soberanas.
Al mismo tiempo, desde París, Lula da Silva desplegaba su propia agenda regional,
reafirmando su intención de cerrar un acuerdo con Europa antes de dejar la presidencia pro
tempore del Mercosur. Habló de multilateralismo, fortalecimiento regional y necesidad de
equilibrios que beneficien a todos. Milei, en cambio, elige operar en soledad, sin
coordinación con sus socios estratégicos, empujando acuerdos bilaterales que refuerzan su
figura sin generar beneficios reales para la Argentina. La competencia con Brasil
—económica, política y simbólica— fue palpable durante toda la gira. Y mientras Lula
negocia con una aparente conciencia de bloque, Milei se exhibe como individuo.
El cierre del viaje fue en Israel, donde el presidente volvió a alinearse incondicionalmente
con Benjamin Netanyahu. Reiteró su apoyo político y reforzó su lugar dentro del “eje moral
del mundo libre”
, como lo denomina. Pero más allá del discurso y la simbología, no hubo
resultados concretos: ni inversiones, ni cooperación tecnológica, ni proyectos estratégicos
que beneficien al país. Solo un refuerzo del relato fundacional del mileísmo, que se sostiene
cada vez más por fuera de la realidad material de la Argentina.
Todo esto ocurre en un contexto económico y social alarmante: recesión profunda, caída del
consumo, pérdida de empleo y un gobierno que acaba de solicitar al FMI otros 2.000
millones de dólares para sostener su esquema de ajuste. El dato de inflación de mayo
(1,5%) es presentado como un logro, pero responde más al parate total de la economía que
a una estrategia virtuosa. En ese marco, la política exterior no acompaña ninguna
reconstrucción nacional: es puro espectáculo.
Lo que está en crisis no es solo la política exterior de Milei, sino su concepción misma del
lugar de la Argentina en el mundo. Una política exterior sin bloque, sin voz y sin rumbo no
solo nos debilita en un escenario internacional cada vez más volátil, sino que pone en juego
nuestra soberanía económica, energética y productiva. Si la única brújula es la ideología
personal del presidente, entonces cualquier conflicto ajeno —como el de Musk y Trump—
puede dejar a la Argentina a la deriva.
La multipolaridad no es solo un diagnóstico: es una oportunidad. Pero no hay forma de
aprovecharla si se desprecian los vínculos regionales, si se destruye el aparato diplomático
y si se improvisa sobre la marcha. Una política exterior basada en afectos personales y
creencias dogmáticas no es una política: es un delirio.
Por eso, desde la Comisión Revisora de Política Exterior del CEPyG, insistimos: Argentina
necesita recuperar el pensamiento estratégico, la diplomacia de carrera, el debate serio, y laarticulación colectiva. Porque en el mundo que viene, el interés nacional va por delante e
improvisar no es una opción. Y subordinarse, tampoco.
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