NO NOS HAN VENCIDO

 

 Por, Ariel Fernández Roldán

 

El fuego del 55, la condena a Cristina y la resistencia del peronismo

El bombardeo del 16 de junio de 1955 no fue un episodio más en la historia argentina: fue una declaración de guerra de las Fuerzas Armadas contra su propio pueblo. Fue la jornada en la que se buscó, mediante el terror aéreo y la violencia más brutal, borrar al peronismo del mapa. Más de 300 muertos, centenares de heridos, cuerpos calcinados en la Plaza de Mayo, en el corazón político de la Nación. Y, sin embargo, no pudieron. No nos vencieron.

Las fuerzas del cielo | A 70 años del bombardeo a Plaza de Mayo | Página|12

Aquel intento de exterminio fue el prólogo de la proscripción más larga que conoció el movimiento nacional. Una proscripción que no se limitó a lo electoral, sino que fue también simbólica, identitaria y material. Se prohibió nombrar a Perón, se prohibió cantar la marcha, se encarceló y se desapareció a militantes, se disolvieron sindicatos, se intentó borrar de la historia una de las etapas de mayor transformación social en el país. Pero ni con bombas ni con decretos pudieron quebrar lo que ya había nacido como fuerza histórica: el peronismo.

Ese trauma, ese hito fundacional del odio, resuena hoy con nuevos ropajes. No hay bombas, pero hay sentencias. No hay cazas navales sobrevolando la Plaza, pero hay lawfare, hay una maquinaria jurídico-mediática que busca proscribir, una vez más, a la conducción más representativa del campo popular. Condenar a Cristina Fernández de Kirchner es una forma nueva de bombardear la democracia.

Cristina fue condenada a seis años de prisión y a la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos a partir de la causa Vialidad, una causa débil, sostenida en conjeturas, sin pruebas directas, con procedimientos viciados y tiempos judiciales absolutamente excepcionales. Se la condena fuera del poder, después de más de una década de persecución judicial y mediática, con una Corte Suprema de apenas tres miembros —única en el mundo— que actúa no como poder de justicia, sino como brazo legal de los intereses económicos y mediáticos concentrados.

A 59 años del bombardeo a Plaza de Mayo - ATE

Se la condena mientras gobierna una administración sin voluntad, sin conducción política propia, que responde a las exigencias de intereses extranjeros. Económicos fundamentalmente. Se la condena como símbolo de condena al peronismo: porque encarna un proyecto de país con prioridad en el interés nacional, porque condensa la esperanza de millones, porque no se entrega, porque no titubeó ante quienes hoy la persiguen.

Comparar los hechos de 1955 con los de hoy no implica equiparar. No se trata de trazar una línea mecánica entre la masacre del 55 y la condena del 2025. Pero sí se trata de leer una lógica histórica, una matriz de poder que se repite: cuando el pueblo accede al poder por vía democrática con un proyecto transformador, el poder real —económico, judicial, militar o mediático— responde con violencia o con destitución. La historia del peronismo es, desde sus orígenes, la historia de la democracia cercenada por las minorías que no toleran la igualdad.

Perón eligió no ejecutar a los generales golpistas. Podría haberlo hecho. La Plaza ardía, los cuerpos aún humeaban, y sin embargo decidió evitar una guerra civil. Eligió el exilio antes que el exterminio. Esa decisión es profundamente política: se trataba de preservar el movimiento, de permitir su supervivencia. No hubo revancha. Hubo resistencia. Una resistencia que duró 18 años y que no sólo sostuvo el fuego de la memoria, sino que lo convirtió en una llama organizada. Cuando Perón volvió, volvió con los votos, volvió con la legalidad, volvió porque el pueblo no se olvidó.

Cristina, como Perón, es símbolo y conducción. Es también blanco del odio y de la operación. No se le perdona su capacidad de liderazgo, su autonomía, su insolencia frente a los poderes fácticos. Pero tampoco se la puede derrotar en las urnas. Por eso se recurre al artilugio judicial, al linchamiento mediático, a la proscripción solapada. Se repite la historia, pero también se repite la enseñanza: no alcanza con resistir desde lo individual. Es tiempo de reconstruir la comunidad organizada.

Porque lo que está en juego no es una interna, no es una diferencia táctica entre dirigentes. Lo que está en juego es el derecho del pueblo a elegir libremente a sus representantes, a tener un proyecto de país que no responda a las imposiciones de los grupos concentrados, a vivir con dignidad, con trabajo, con justicia social. Y cuando el enemigo ataca al movimiento, cuando intenta cercenar nuestras libertades políticas, la respuesta no puede ser el repliegue. Tiene que ser la construcción de una mayoría popular que vuelva al poder.

No es momento de lamentos. Es momento de organización. De entender que la condena a Cristina no es solo un hecho judicial: es una ofensiva política. Es la continuidad del bombardeo por otros medios. Y como en el 55, la respuesta debe ser política, colectiva, democrática. La resistencia no es un fin en sí mismo: es el camino hacia la recuperación del poder popular.

Ayer fue la Plaza. Hoy es Comodoro Py. Ayer fueron bombas. Hoy son fallos judiciales. Pero el objetivo es el mismo: quebrar la voluntad de un pueblo. No pudieron antes, no podrán ahora. Porque cada golpe nos fortalece. Porque tenemos memoria. Porque tenemos futuro.

Y porque no se trata solo de Cristina, como no se trataba solo de Perón. Se trata de un modelo de país, de una identidad colectiva, de un sueño de justicia que no puede ser proscripto. Se trata de esa voluntad de felicidad y dignidad que el peronismo representa desde hace más de 70 años. Una voluntad que no se rinde, que no se cansa, que no se diluye.

Por eso hay que volver. No por revancha, sino por reparación. Por justicia. Por historia. Hay que volver con amor, con alegría, con pasión. Pero también con firmeza. Con horizonte estratégico. Con un programa político que exprese las necesidades del pueblo, que interprete su tiempo, que articule la resistencia con la esperanza.

La condena a Cristina es también una interpelación a todos nosotros. ¿Qué hacemos frente al intento de eliminar nuestra representación política? ¿Nos replegamos o nos organizamos? ¿Nos dividimos en rencores o nos unimos en el horizonte común? La historia del peronismo enseña que la victoria no es un relámpago. Es un proceso. Es la capacidad de transformar el dolor en fuerza, la injusticia en organización, el odio en proyecto.

Cristina, como Perón, es hoy el símbolo de esa lucha. No como figura aislada, sino como emblema de un pueblo que no se resigna. Que sigue creyendo. Que sigue peleando. Que sigue construyendo futuro, incluso en los momentos más oscuros.

No es fácil. No lo fue nunca. Pero el peronismo tiene esa vocación por lo imposible, esa fe en el pueblo, esa certeza de que la historia está de nuestro lado. Nos quieren proscribir, nos quieren fragmentar, nos quieren silenciar. Pero no nos han vencido. Porque elegimos el tiempo. Porque entendimos la enseñanza. Porque resistir es, antes que nada, una forma de amar.

Y desde ese amor político profundo, la respuesta no puede ser otra que organizarse, militar, hablarle a la sociedad, disputar sentido, construir poder. Volver con Cristina o con quien sea capaz de representar ese proyecto de país que nos contiene, que nos emociona, que nos incluye.

El bombardeo a la Plaza y la condena a Cristina son capítulos de una misma novela: la del intento permanente de disciplinar al pueblo argentino cuando elige caminos propios. Pero también son capítulos de otra historia más potente: la de la resistencia, la de la organización, la de la victoria popular.

No nos han vencido. Y no nos van a vencer.


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