Compraron promesas, no reclamos

 Escrito por: Ariel Fernández
El aire en Buenos Aires huele a derrota, pero no solo para los perdedores. También para quienes, habiendo apostado todo a la indignación, descubren que el enojo ya no es suficiente. 
La ciudad, histórico bastión del PRO, ahora pertenece a los libertarios. El peronismo, que soñó con ganarla por primera vez, se quedó en un segundo puesto que sabe a poco. Y el PRO, ese partido que gobernó por 17 años con la certeza de ser dueño del voto porteño, hoy mira desde lejos cómo otros disputan lo que antes era suyo.

En las calles, en los bares, en las redes, se repite:
"La gente vota mal". Es la frase favorita de quienes no entienden por qué, después de tanto ajuste, tanta represión, tanto discurso incendiario, el oficialismo no solo no cae, sino que crece. Pero el problema, desde ya, no es la gente, sino la incapacidad de una dirigencia que sigue hablando en un idioma que ya nadie escucha.
Desde hace meses, la oposición, encarnada en el peronismo, el kirchnerismo y los sindicatos salieron a las calles, organizaron marchas, denunciaron cada medida, cada recorte, cada despido. Hubo bronca, sí. Hubo movilización. Pero cuando llegó la hora de las urnas, esa energía no se tradujo en votos. Leandro Santoro, el candidato que todos daban como favorito, terminó segundo. No fue una catástrofe, pero tampoco la victoria que esperaban. Y ahí está el detalle: el peronismo porteño no perdió por poco, ¿por qué perdió?.
Hay una contradicción que atraviesa a la sociedad argentina: el malestar existe, es palpable, pero no se traduce en rechazo electoral al Gobierno. No es que no haya dolor, es que ese dolor ya no encuentra cauce en las urnas. La resistencia se agota en sí misma, y la indignación, antes motor de cambios políticos, hoy parece esfumarse al momento de votar.
¿Es indolencia? ¿Es cansancio? ¿O es, simplemente, que el relato oficial logró instalar la idea de que todo esto es necesario? 
Hay algo peligroso en creer que la gente debería votar en contra del oficialismo solo porque las cosas están mal. Esa lógica, repetida como un mantra por parte de la oposición, ignora algo clave: la política no es solo bronca, es también esperanza. Y hoy, por más paradójico que suene, el relato libertario, con todo su discurso antipolítico, logra vender mejor esa esperanza que un peronismo que parece limitarse a decir "esto está mal" sin explicar bien por qué su camino sería mejor.
El PRO entendió tarde que su electorado ya no le pertenece. Macri, el gran ausente de esta elección, sigue siendo visto como parte de un pasado que muchos quieren dejar atrás. Y el peronismo, en vez de capitalizar ese vacío, se enreda en debates internos, en solemnidades, en la idea de que "no hay que bajar banderas", como si mantenerlas en alto fuera suficiente para ganar.
¿Y ahora qué?
Octubre se acerca, y con él, la verdadera prueba de fuego: la Provincia de Buenos Aires. Si el oficialismo logra armar una alianza con lo que queda del PRO, el peronismo podría enfrentar otra derrota dolorosa. Pero el problema no es solo electoral. Es más profundo.
La sociedad argentina ya no vota solo con el bolsillo. O, mejor dicho, ya no vota solo contra lo que le hace mal, sino también a favor de lo que cree que puede funcionar, aunque duela. La dirigencia opositora tiene una elección que hacer: seguir indignada, seguir solemnemente aferrada a sus banderas, o empezar a escuchar lo que la gente realmente está diciendo.
Porque, al final, las elecciones no se ganan con discursos moralizantes. Se ganan con propuestas. Y hoy, esa es la gran deuda. Mientras la oposición siga pensando que el problema es que "la gente no entiende", seguirá perdiendo. Y el futuro, ese futuro incierto que hoy muchos eligen a pesar de todo, seguirá escribiéndose sin ellos.

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