Escrito por: Ariel Fernández
Francisco
Hoy, 21 de abril de 2025, el mundo despide al Papa Francisco I. Una despedida que nos atraviesa con ese dolor peculiar que solo trae la partida de quienes cambian la historia. ¿Cómo es que siento dolor y alegría a la vez? Quizás porque al mirar atrás, su obra sigue viva: en cada favela donde compartió el pan, en cada frontera donde denunció "la globalización de la indiferencia", en cada gesto que encarnó su llamado: "¡No tengan miedo a la ternura!".
El cura jesuita que eligió llamarse Francisco no fue solo el argentino más importante de la historia. Fue el profeta que nos enseñó que la misericordia no es una palabra abstracta, sino un estilo de vida.
Él fué quien vió y denunció la plaga de nuestro tiempo: "La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual". Esa que nos hace caminar distraídos ante el que duerme en la calle, que convierte las guerras en "noticias de fondo", y la fe en un museo de rituales. Contra eso, él propuso "una Iglesia en salida, con las heridas abiertas por tanto tocar el dolor ajeno".
Hay quienes escuchaban al Santo Padre decir estas cosas y se proponian ligarlo al concepto del “pobrismo”. Misericordia para aquellos que pensaron eso. Aprendamos de Francisco que nos dejó su obra entera para que no juzguemos.
"¿Quién soy yo para juzgar?", preguntó, desafiando las hipocresías. "La Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre", corrigió, porque su Evangelio olía a "ovejas perdidas", no a incienso de sacristía. Y ante el dolor del mundo, repetía: "Dios no se cansa de perdonar; somos nosotros quienes nos cansamos de pedir misericordia".
Criticado por puristas, amado por los nadies, Fransisco gobernó como vivió: con los zapatos viejos y el corazón en las periferias. Mientras el mundo celebraba cumbres económicas, él creaba "hospitales de campo" para refugiados. Hasta el final, llevó en la mirada esa pregunta que ahora nos hereda: "¿Dónde están tus heridas? ¿Qué dolor te quema las entrañas?".
Era un hombre que conjugaba ortodoxia y revolución: "Pecadores sí, corruptos no", advertía, porque sabía que la peor corrupción es "endurecer el corazón ante el grito de los pobres" (Evangelii Gaudium).
Tres mandatos:
Hoy no basta llorarle. Como él mismo advirtió: "Los santos están para imitarse, no para enmarcarse". El primer mandato es cuidar la casa común con la urgencia de quien apaga un incendio. Francisco nos dejó claro en Laudato Si' que "la Tierra, nuestra hermana, clama por el daño que le provocamos", y que no hay ecología sin justicia social.
El no hablaba solo de medioambiente en Laudato Sí. Esta obra fué su gran crítica al sistema de valores. Cada acto de cuidado -por pequeño que sea- es un ladrillo en ese "nuevo pacto social" que soñó.
El segundo mandato es tocar la carne suficiente hasta que nos duela en las propias entrañas. Rezar por los pobres no basta; hay que hacer lo que Francisco hizo en Lampedusa cuando besó los pies de refugiados: "ensuciarse las manos" con el barro de las periferias existenciales.
El tercero es practicar esa "revolución de la ternura" que tanto predicó, convirtiendo lo pequeño en eterno. Callaremos cuando queramos juzgar y abrazaremos cuando el mundo exija condenar. "El mal se vence con bien, el ruido con silencio, el odio con amor desarmado", repetía. Esta revolución no pide heroísmos, sino constancia: "La santidad está en el vecino paciente, en la madre que cría con alegría, en el obrero que hace bien su trabajo".
Francisco no pidió monumentos, sino "discípulos misioneros con olor a oveja". En una era de "likes" y militancia de sillón, su legado es un martillo que rompe cristales de indiferencia: "El dolor ajeno no es un hashtag; es Cristo que golpea a tu puerta".
Mañana, al despertar, preguntémonos: ¿Qué puedo hacer hoy, con mis talentos, para continuar su obra?.
Que Dios te abrace al llegar. Vamos a cuidar la casa común. Vamos a mirarnos más a los ojos.



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